“De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos … “. El cinco de marzo de 1985 quedaron grabadas en mi memoria las palabras musicales del salmo 81 del Concierto Barroco de Alejo Carpentier. Ese día llegó a mis manos la decimoséptima edición de la novela que devoré como si de sabroso asado cochino se tratase. El relato, la melodía, el sabor, se fue diluyendo en el tiempo de la memoria hasta que el 7 de Octubre de 2009 irrumpió de nuevo con estrépito “…el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata; de plata los jarros de vino amartillados por los trabajadores de la plata; de plata los platos …“. Ese día la magia de Cucharete rescató de mi profundo subconsciente el instinto bacanal barroco de Carpentier porque el milagro sumo del fuego y la carne pronto se repetiría en El Pedrusco de Aldealcorvo en ambiente de cucharas y cucharones, cacillos y paletas, cucharillas y cucharetes ¡Qué comience la función!
Acto primero: La presentación.
De pronto llegó el Maestro y chirriaron las bisagras del portillo del corral y entraron los desolladores cochinos en mano y ahuecando las mesas comenzaron el ritual a luz de vela. El Maestro verduguillo en ristre arremetió en la pitanza con fabuloso ímpetu desencadenando un frenético tajar digno tanto de verse como de oírse y como si piezas de fina venatería fueran, los rosados cochinillos van tomando formas alegóricas, como fantasmas del purgatorio, como bufones sátiros, como diablillos que colocados en cazuelas de barro a semejanza de las cornucopias mitológicas que nunca acababan de llenarse, fijan sus ojos en los que han sido sus ajusticiadores. Y tan bien quedaron preparados los cochinillos que el Maestro se dio a la contemplación sin darse cuenta que el fuego sin esperar más los llamaba, a ellos los cochinos y a los que con sus ojos se los habrían de comer.
Acto segundo: La orgía del fuego.
En el horno de adobes trullados de más de trescientos años las brasas soltaban chispas como coheterías y bengalas de un fuego artificial coronado de girándulas y meteoros. Y a este infierno volcán de encina entraban los cochinillos, en cazuela de barro y con pala de madera, con su sal y en su salsa, al fulgor de fragua llegaban como a horno y purgatorio donde el espíritu que reencarnaban perdonaría las penas que otros en el pasado también gozaron. El chisporroteo aporreaba el ansia de los mozos que, con ansia, aguardaban el fin del asado.
Acto tercero y último: El trinchamiento.
¡A prisa, a prisa, qué ya están los lechones hechos! Gritaba el aprendiz de fogones.
Y, de pronto, apareció de nuevo el Maestro, vestido con delantal, y manifestando una majestuosa economía de gestos propia de cuando había de enfrentarse con tareas de arte mayor; parquedad muy estudiada para hacer resaltar mejor las resueltas y acrobáticas arremetidas que habrían de magnificar su virtuosismo en el arte del despiece y trinchamiento. Metido en lo suyo, en doble papel de impar matarife y cocinero, dio comienzo la ceremonia, más agitada y ritmada acaso que otras, y se abrieron paso los trinchetes y cuchillo, los tenedores y cucharones, que, de plata, recogían las salsas y jugos del cochinillo. Y en que el trinche terminaba, la juerga se adivinaba al sonar del chorro de vino en jarro de barro.

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